… y te diré de lo que careces. Doña Pepita no para de llenarse la boca con palabras como “libertad” o “respeto a las normas”, y en realidad cada día se parece más al abuelo Paco y a personajes tan poco recomendables como Don Fidel o Hugo “El Gorila”.
La señora nunca ha entendido que las normas son iguales para todos y que están hechas para cumplirse. Ella en realidad se siente por encima de estas, se considera siempre en posesión de la verdad y hace lo que le da la gana. La mujer tiene un grave error sobre el concepto de convivencia y es que está convencida de que si una mayoría decide algo, esa decisión está por encima de cualquier norma consensuada anteriormente.
En realidad lo ha hecho siempre. Se harta de decir que Don José es el calco del abuelo Paco, cuando realmente es ella la que lleva en los genes ese afán de prohibir, de acabar con quien piensa diferente y de menospreciar el valor de las normas.
La última moda, antaño muy utilizada por el abuelo Paco, es abofetear antes de preguntar. Pero Pepita sólo sacude a los chicos que apoyan a Don José. En cuanto tiene la ocasión, ¡zas!, guantazo delante de sus hermanos. “Tú ya sabes por qué te pego”, dice la doña. Y castiga al chaval sin decirle siquiera el motivo de su reprimenda. Luego, si resulta que el niño no es culpable, le levanta el castigo a escondidas y todos tan contentos.
Desde luego que en las normas de la casa, y en las de cualquier familia civilizada, esta práctica está prohibidísima, pero, como os he dicho, a ella le da igual. Por el contrario, a sus hijitos mimados ni siquiera les pregunta aunque sea evidente que han hecho alguna tropelía, han mangado dinero de la hucha, etc.
Lo que realmente asusta es cómo esta flagrante injusticia es aceptada por el resto de los chavales, al margen de que estén con papá o con mamá. Y es que por encima de papá, de mamá, y de los propios chicos, están las normas, que son la garantía de convivencia y orden dentro de cualquier familia.
Pues resulta que no, que Doña Pepita habla en nombre de sus hijos (aunque no le hayan dado expresamente su visto bueno), y alegando el bien general de estos, se salta las normas a la torera y hace lo que le viene en gana. En casa de Hugo ”El Gorila” saben de lo que hablo; y en la chabolita de Don Fidel, no digamos. Pero hasta en esas familias donde los progenitores reparten hostias como panes, hay grupos de chicos que protestan, que se rebelan, que luchan por unos derechos que, en el caso de la familia de Don Fidel, los más jóvenes jamás tuvieron.
Y sin embargo en casa de Pepita callan, están aletargados o lo que es peor, les da igual. Triste panorama en una casa donde muchos sí se rebelaron contra el abuelo Paco para conseguir unas normas que ahora Doña Pepita desprecia y pisotea al tiempo que acusa falsamente a su marido de hacer precisamente eso. Y es que la doña ha atontado magistralmente a los chavales de forma maliciosa para que crean que es la defensora de lo que en verdad ella misma está destruyendo: la libertad.
